Hace tiempo alguien me dijo que para saber si un libro va a gustarte realmente hay que cogerlo e ir directamente a la página 99 y leerla. No sé si esto es muy fiable, pero me parece un método tan bueno como cualquier otro para tener una primera toma de contacto con el libro. Por tanto a partir de ahora mi propósito es hacer una entrada con la página 99 de cada libro que comience. Como ahora mismo tengo varios empezados, esta es una extrada excepcional que contendrá varias páginas 99, pero a partir de ahora será una entrada por libro.
Se plantea la duda de que hacer cuando el libro tenga menos de 99 páginas o dicha página esté entre las del final, por el riesgo a destripar la historia. De momento todos los libros que estoy leyendo tiene más páginas así que ya me preocuparé cuando llegue el momento.
Con los libros de Kindle, al no constar de página lo que haré será leer la posición número 99.
Espero que os guste, y tanto si decidís utilizar este método como si no, al menos os resulte entretenido.
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Orgullo y prejuicio y Zombis – Seth Grahame Smith
Posición de Kindle nº 99
“…y un talante afable y educado. Sus hermanas eran muy distinguidas, vestidas a la moda, pero con un aire que revelaba escasa formación en materia de combate. Su cuñado, el señor Hurst, presentaba simplemente el aspecto de un caballero; pero su amigo, el señor Darcy, no tardó en atraer todas las miradas de los presentes debido a su elevada estatura, su elegancia, sus armoniosas facciones y su porte aristocrático. A los cinco minutos de que apareciera empezó a circular la noticia de que había exterminado a más de un millar de innombrables desde la caída de Cambridge. Los caballeros comentaron que era un hombre de aspecto distinguido, las damas declararon que era mucho más guapo que el señor Bingley y lo contemplaron con gran admiración, hasta que la actitud de éste hizo que su popularidad mermara, pues comprobaron que era arrogante, que se creía superior a todos los presentes, y mostraba un aire de evidente disgusto.
El señor Bingley se apresuró a saludar a todas las personas más importantes que había en la sala; era un joven alegre y extravertido, no se perdió un baile, se mostró contrariado de que la fiesta terminara tan pronto y dijo que organizaría un baile en Netherfield. Y aunque o poseía la destreza del señor Darcy con la…”
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Noches de Suburbio – Victor Blanco
Página 99
“La mujer se descalzó, arrojando las botas junto a la cama. Se acabó de desnudar, de espaldas al hombre pero sin sentirse acosada por su mirada, como si fuera un mero insecto o un mueble más que adornaba la habitación.
En cuanto a Spade, las prefería bastante menos esculpidas y la rabia que sentía abnegaba todo tipo de deseo carnal hacia la persona que parecía estar destinada a causarle la ruina absoluta.
-No hace falta que rebusques entre mis cosas – anunció ella desde la bañera, subiendo la voz para que no quedara ahogada por el agua que brotaba del grifo -. Tengo la llave aquí.
-Tch – chascó Spade -. Ya tendrás tu merecido, no sufras.
Alexa se bañó parsimoniosamente, dejando que el agua actuara de bálsamo sobre sus tensos y cansados músculos. Al cabo de los minutos llamaron a la puerta. Se paseó en albornoz, sentándose en la mesa.
-Adelante.
Una joven de cabello negro cruzó el umbral, trayendo un carrito con varios platos de comida. Comenzó a servirlos sobre la mesa sin levantar la mirada del suelo. Colocó los cubiertos y la servilleta del lado de Alexa, se acercó al carro, miró a Spade y dudó, tomó unos cubiertos y volvió a mirar a Spade.
-También he traído comida para el señor – informó con un hilo de voz, pues aquella situación la hacía dudar.
Se veían cosas raras por allí, pero no que una mujer compartiera alcoba con un hombre y lo mantuviera sentado en el suelo y sometido con un collar. El pintoresco aspecto de Spade impregnaba la escena de un encanto que rayaba lo absurdo.
Alexa se lavantó de su silla, acercándose a la chica.
-No es ningún señor – comenzó tomando los cubiertos y sirviéndolos a su vez-. Es mi perro. Puedes sentarte a comer si quieres.
La muchacha dudó unos segundos.
-¿Has tenido un mal día? Puedes pegarle, si te apetece. No te lo impediré.
-Pero señora… no… la entiendo – tartamudeó la camarera.
Los ojos de Spade brillaban como ascuas de rabia. La joven accedió a sentarse, y Alexa comenzó a engullir el plato de fideos: mantener un cuerpo tan grande tenía su coste.
-¿Eres una esclava, verdad? – preguntó, levantando apenas los ojos del plato.
-Sí, señora – la chica se incomodó.
-No te tortures – dijo Alexa, masticando -. Todos somos esclavos de alguien, al fin y al cabo.”
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Visiones peligrosas I – Harlan Ellison
Página 99
“…parte de las actitudes de sus compañeros de juegos, de sus profesores, y así sucesivamente ad nausean.
>>Así que desiste de hacer un nuevo Adán de tu maravilloso hijo en potencia, Chib. Si llega a ser al menos medio sano, será porque le des amor y disciplina y porque tenga suerte en sus contactos sociales y porque haya sido bendecido al nacer con la correcta combinación de genes. Es decir, porque tu hijo o hija sea tanto un luchador como un amante.
>>La pesadilla de uno es el correrse en sueños de otro>>,
dice el abuelo.
-Estaba hablando el otro día con Dante Alighieri, y me contaba qué infierno de estupidez, crueldad, perversidad, ateísmo y peligro abierto era el siglo XVI. El XIX le dejó balbucean, buscando sin esperanza invectivas suficientemente adecuadas.
>>En cuanto a ´nuestra época, le subió de tal modo la presión sanguínea que tuve que administrarle un tranquilizante y enviarle de vuelta, vía máquina del tiempo, con una enfermera. Se parecía a Beatriz, así que debía de ser exactamente la medicina que él necesitaba…, quizá.
El abuelo cloquea de risa, recordando que Chib, de niño, le tomaba en serio cuando él describía a sus visitantes de la máquina del tiempo, tales como Nabucodonosor, Rey de los Comedores de Hierba; Sansón Resolvedor de Enigmas y Azote de los Filisteos; Moisés, que le robó un dios a su suegro keniata y luchó contra la circuncisión toda su vida; Buda, el Beatnik Original; No-Musgo Sísifo, tomándose unas vacaciones en el rodar de su piedra; Androcles con su pequeño vástago, Cobarde León de Oz; el Barón Von Richthofen, Caballero Rojo de Alemania; Beowulf; Al Capone; Hiawatha; Ivan el Terrible, y cientos de otros.
Llegó un día en que el Abuelo se alarmó y decidió que Chib estaba confundiendo fantasía y realidad. Odiaba decirle al muchacho que se había estado inventando todos esos maravillosos cuentos, mas que nada para enseñarle Historia. Era como decirle a un niño que Santa Claus no existe.
Y Entonces, cuando estaba dando de mala gana la noticia a su nieto, se dio cuenta de la risa difícilmente contenida de Chib y supo que era su turno de que le tomaran el pelo. Chib nunca había estado engañado, o bien había encajado la confesión sin impacto. Así que…”
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Pesadilla a 20.000 pies y otros relatos insólitos y terroríficos – Richard Matheson
Página 99
“…recados, hacía cualquier cosa con tal de retrasar el terrible momento en que debía sentarse ante su máquina de escribir para intentar arrancar penosamente alguna cosecha del desierto de su mente.
Cada vez le costaba más. Y cada vez se ponía más furioso; cada vez odiaba más. Y nunca había notado hasta ahora, cuando ya era demasiado tarde, que Sally había perdido la paciencia y ya no podía soportar ni su temperamento ni su odio.
Estaba sentada a la mesa de la cocina, bebiendo café solo. Ella también bebía más que antaño. Igual que él, lo bebía solo, sin azúcar. También afectaba a sus nervios. Y ahora fumaba, aunque no había fumado hasta hacía un año, No obtenía ningún placer en hacerlo. Inspiraba el humo hasta lo más hondo de sus pulmones y luego lo expulsaba rápidamente. Y sus manos temblaban casi tanto como las de él.
Se sirvió una taza de café y se sentó frente a ella. Ella empezó a levantarse.
-¿Qué pasa? ¿Es que no soportas verme?
Ella volvió a sentarse y dio una calada profunda al cigarrillo que tenía en la mano. Luego lo despachurró sobre el plato.
Se sintió asqueado. De pronto, quiso salir de la casa. Le parecía extraña y ajena. Tenía la sensación de que ella había renunciado a todo derecho sobre él, que se había retirado de él. El contacto de sus dedos y los detalles cariñosos que había diseminado por cada habitación; había retirado todas aquellas cosas. Habían perdido tangibilidad porque se marchaba. La estaba abandonando y ya no era su casa. Lo sentía con mucha intensidad.
Recostándose sobre la silla, apartó su taza y miró el hule…”































