1387 (Marcos Muñoz)
Página 99
“…el pie de encima para patearle la entrepierna-. No me engañarás más: he preguntado por ahí y no te hubieras separado de tamaño tesoro en ningún caso. Tú no comercias Balido, tú compras. Eres demasiado avaro para deshacerte de algo tan valioso y no se lo dejarías a nadie ni para vigilarlo -de la calle llegaron algunos gritos dispersos. Los ignoró-. “Perro sarnoso”, ya buscaré la santa reliquia en tu cadáver cuando hayas muerto -elevó una vez más la espada y se permitió una última dosis de humor negro mientras el otro gimoteaba-. Prepárate, vas a manar mucho vino…
-¡Pero esta vez era distinto! ¡Iba a funcionar…! -el Mateo se detuvo. No imploraba por su vida sino por algo más. Al fin y al cabo había supuesto que Balido y su Priorato Necros sólo querían el clavo de Cristo por el orgullo de tenerlo, de saberse poseedores de tal tesoro. Exhibirlo ante los suyos, posiblemente degradarlo en sus ceremonias… Tendría que, haberle preguntado a Azrael acerca de aquella secta, él parecía conocerles. Pero resultaba que el clavo no era uno más de los que corrían: era un auténtico clavo de Cristo, había repetido dos de sus milagros… “¿iba a funcionar?”: ¿qué intentaban hacer los Necros? ¿Para qué necesitaban del clavo milagroso?
La cabeza le daba vueltas: en pocas horas su desconfianza en los milagros se había tambaleado. Sí, ahora “creía”, claro; pero, ¿qué valor tenía creer habiendo visto, cuando tantos otros creían sin ver? Fuera, el alboroto se hacía mayor.
Tomó una decisión respecto a Balido:
- ¡Levántate -dijo, separando el pie de su pecho pero sin guardar la espada- y date la vuelta! -el otro obedeció, sorprendido. Dusan el Mateo sacó diez palmos de fino cordaje de su equipo, así como un par de oxidados grilletes de hierro, le ató las manos a la espalda a su prisionero y le esposó los pies, para que sólo pudiera caminar, pero no correr.
Lo cacheó y encontró el clavo de Cristo; tocarlo le emocionó pero no percibió nada especial, ninguna “energía”…”

















