Seis tumbas en Munich (Mario Puzo)

 

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“…de Rogan, dijo-: Usted déjeme a mí y jamás olvidará esta noche mientras viva.
-Eso espero -dijo Rogan.
La villa de Genco Bari, situada a las afueras del pueblo, estaba protegida por un alto muro de piedra. La enorme verja de hierro forjado se hallaba abierta de para en par y, desde la entrada, se veía la mansión al fondo y luces de colores colgadas de árbol a árbol. Bari, en cuyas tierras trabajaba la mayoría de los lugareños, celebraba una jornada de puertas abiertas.
En largas mesas de exterior, se amontonaban inmensas fuentes de macarrones, fruta diversa y helado casero. Había mujeres que servían vasos de vino de unas garrafas puestas sobre la hierba. Toda la comarca parecía haberse congregado allí, en la fiesta del capo mafioso. Sobre una tarima, tres músicos se pusieron a tocar una música aflautada para bailar. E, instalado en su sitial de madera tallada sobre la misma tarima, estaba él: el hombre que Rogan había ido a matar.
El jefe mafioso estrechaba la mano a todo el mundo, sonreía con deferencia. Pero Rogan casi no lo reconoció. El rostro carnoso y moreno era ahora cadavérico, de un tono similar al del sombrero panamá que adornaba su cabeza. En medio de la alegría pulular, Genco Bari era la máscara blanca de la muerte. Estaba claro, pensó Rogan, que tendría que actuar rápido, o un verdugo más impersonal, le privaría de la venganza.
Hombres y mujeres se colocaban en un cuadrado para bailar al son de la tonada. Rogan se vio arrastrado hacia el vórtice de la danza. Fue como descender por un embudo de cuerpos humanos que finalmente lo escupió al aire libre de la mano de una muchacha siciliana. Otras parejas se separaban de la muchedumbre en vertiginoso moví- …”

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