Titulo: El silencio de las palabras
Autor: Jean Kwok
Edición: Maeva
Páginas: 285

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Llevo una racha muy buena, de lecturas impresionantes de escritores que saben transmitir grandes historias a través de las palabras y de libros que se disfrutan de principio a fin. Ya os hablaré de los últimos libros que he disfrutado, como Habitaciones Cerradas de Care Santos y Crossfire de Miyuki Miyabe, pero ahora quiero hablaros de una historia maravillosa, de una escritora que sabe muy bien de lo que está hablando, del mundo en el que se desenvuelve la protagonista y sobre todo del esfuerzo y el afán de superación.

Primero quiero comentaros algo sobre la escritora para que comprendáis mejor sus vínculos con la historia que cuenta.

Jean Kwok llegó a Nueva York siendo aún una niña y sin saber más que un puñado de palabras en inglés. Como no tenían dinero acabaron trabajando en los sórdidos talleres textiles de chinatown, pero gracias a sus resultados académicos pudo ingresar en Harvard.

Y si cogemos la historia de su vida y la adaptamos a una novela entonces tenemos El silencio de las palabras. Obviamente no es una autobiografía pero si hay mucho de lo que ha vivido y eso se nota en sus descripciones.

Kimberly y su madre llegan desde Hong Kong a Nueva York, en teoría para ocuparse de los hijos de su hermana Paula, pero al llegar se encuentran con una desagradable sorpresa. La madre de Kimberly tuvo que retrasar el viaje porque estaba enferma de tuberculosis y parece que ahora su hermana Paula no ve conveniente que cuide de sus hijos por si tiene una recaída (no por que se preocupe de su hermana precisamente). Y la pone a trabajar en el taller textil que ella dirige. Para alojar a Kimberly y su madre Paula ha elegido un edificio completamente en estado de abandono en un barrio absolutamente marginal donde tienen que vivir en unas condiciones deplorables. No tienen calefacción, faltan algunos de los cristales de las ventanas, en el edificio y el patio se acumula la basura y su apartamento está invadido por las ratas y las cucarachas y en ese estado tienen que hacer frente a su nueva vida. Su madre trabaja todo el día en el taller textil por una miseria y Kimberly tiene que acudir a ayudarla después del colegio. Tienen menos de lo imprescindible y el poco sueldo que cobran sirve para pagar el alquiler (menuda ironía) y las deudas del viaje y los medicamentos de la enfermedad que tuvo en Hong Kong.

Los inicios de Kimberley en el colegio no son buenos, no entiende casi nada de lo que le dicen los profesores y solo se encuentra a gusto cuando se trata de las matemáticas. Pero a pesar de todo logra que sus profesores se den cuenta de su capacidad y sea propuesta para una beca en un instituto privado de alto nivel.

El libro está escrito en primera persona, siendo la pequeña Kimberly que al inicio de la historia tiene 11 años, la que nos va contando como es su vida desde que llega a Nueva York. Eso hace que el libro realmente no sea deprimente. Es cierto que sus situación es tremenda y que uno no puede creer que eso pueda suceder, pero ella lo cuenta de una manera que denota fuerza y determinación.

Me ha gustado mucho, muchísimo que las expresiones chinas para denotar diferentes cosas, y el libro esta lleno de ellas, son explicadas por la propia Kimberly. Pero muchas de esas expresiones son realmente poéticas para describir cosas cotidianas como expresar que alguien miente, o que alguien quiere engañar. Realmente instructiva esta parte.

Por otro lado ver la vida que nosotros consideramos normal desde otro punto de vista en ocasiones hace que nos demos cuenta de lo superficial de algunos actos.

El libro prácticamente se devora, porque no puedes dejar de leer, necesitas saber que le va a ocurrir a Kimberly, necesitas ver como su tía Paula muestra su cara real, su envidia a pesar de tener mucho más de lo que Kimberley y su madre poseen.

Y también está la historia de amor entre Kimberley y Matt, su relación desde niños, los malentendidos, el desenlace. Todo hace que el libro sea una maravilla de principio a fin.

El libro es cálido, conmovedor, pero también es dulce y tiene algo de cuento de hadas real, del que se logra a base de esfuerzo y determinación.

Una de las mejores bazas del libro es el retrato que hace de Nueva York con sus distintos barrios, sus distintas vidas y como estar en un lado u otro puede cambiarlo todo. Sus descripciones de los distintos ambientes son sencillas pero logran trasladarte al lugar y la vida en el taller está descrita de una forma tan vívida que casi puedes sentir el calor y el polvillo de las telas pegándose a la piel.

Si tenéis oportunidad de leerlo no lo dejéis pasar de largo por que es una lectura maravillosa, es de esos libros que se recuerdan con el paso del tiempo.

En cuanto a la portada, que entra por los ojos, es del estilo que suele emplear Maeva, una portada que transmite la ternura y la belleza que podemos encontrar, no en la situación que rodea a los personajes, pero si en el interior de sus almas.

Si queréis saber más sobre la autora y su libro podéis visitar su web

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1 comentario

  1. Hace tiempo que tengo ganas de leer este libro y tras leer tu reseña mucho mas. Me encantan estas historias desde que en mi infancia lei a Pearl S. Buck.
    Veo que estas leyendo el de Oksa Pollock, que tal?

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