Título: La fórmula preferida del profesor
Título original: 博士の愛した数式 (Hakase no ai shita sushiki)
Autor: Yoko Ogawa
Edición: Tusquets Editores
Páginas: 320

Yoko Ogawa nacida en Okayama en 1962 ha sido galardonada con varios premios tan prestigiosos como el Akutagaya y el Tanizaki en Japón. En su reconocida novela La policía de la Memoria ya se vislumbraba la importancia sobre los recuerdos perdidos, pero es en La fórmula preferida del profesor donde la perdida de memoria, o la limitación de esta misma, da pie a una gran lección de vida para los personajes implicados en la vida del protagonista.

Tenemos a nuestra narradora. Una asistenta que es enviada por su agencia a trabajar en casa del profesor. Eso inicia una maravillosa historia en la que la falta de memoria a corto plazo del profesor, puesto que su memoria solo dura 80 minutos, como bien está indicado en una de las múltiples notas que hay enganchadas a su chaqueta, es la base sobre la que se desarrolla todo.

Es esta obra una oda al amor; el amor por las matemáticas, por el béisbol, pero también el amor por las pequeñas cosas. El profesor deja una impronta imborrable en la asistenta y en su pequeño hijo, apodado Raíz cuadrada por el profesor. Y lo curioso es que, aunque él no recuerda nada pasados los 80 minutos, ellos sí recuerdan y eso hace que la vida de todos ellos se vea enriquecida por esta relación.

El libro está escrito con una elegancia y una sencillez que suele estar muy presente en otros escritores japoneses. Siempre me ha impresionado como son capaces de, con un lenguaje sencillo y comprensible hasta para un niño, transmitir sentimientos y pensamientos tan profundos y complejos.

Tanto la asistenta como su hijo han crecido sin un padre y es, tal vez, esa carencia la que hace que acepten al profesor como si fuera ese padre que nunca tuvieron. La preocupación del profesor por Raíz cuadrada, su modo de enseñarle, tanto a él como a su madre, su forma de disfrutar de la belleza de los números, se transmite de tal manera en el libro que no son solo el niño y la madre los que se ven contagiados por su amor y entusiasmo si no que nosotros como lectores nos vemos invadidos por la sensación de ver los números, las operaciones, de otra manera, no como algo pesado o incomprensible, si no como algo bello, como poesía, como un juego. Tanto es así que vamos jugando al igual que hace la asistenta, intentando descubrir números primos, o siguiendo los juegos propuestos por el profesor al niño.

El final, como la vida, también resulta agridulce. Es triste, pero de una manera conmovedora, porque el profesor, que no puede recordar a aquellos que siguen visitándole en vida, deja sin embargo un recuerdo imborrable, una huella que permanecerá indeleble en sus vidas.

Hay algo en esta manera de narrar que tiene Yoko Ogawa que hace que todo vaya fluyendo con una naturalidad que realmente es tan agradable de leer, que hasta que no avanzas no te sientes abrumado por la cantidad de sentimientos implicados. La profundidad de lo que abarca la historia, lo terrible que es esa falta de memoria del profesor o las situaciones que ha tenido que vivir la asistenta, o que el niño esté siempre solo a tan corta edad, y como todo va cambiando, como el profesor se convierte en alguien tan importante y tan determinante en la vida de ambos, esa buena influencia para el niño, para su futuro, para su presente, y esa ternura que despierta en el profesor, ese afecto hacia el niño y porque no, esa lealtad y cariño del niño y su madre hacia el profesor hasta el final, es lo que hace que el libro sea tan maravilloso.

En cuanto a las matemáticas y la fórmula que da nombre a la novela, son en sí un personaje más del libro y acabamos, como lectores, contagiándonos de ese amor por los números. Ver como puede cambiar tanto nuestra percepción hacia una materia dependiendo de la forma en la que se nos muestre o se nos explique nos hace pensar en lo maravilloso que sería poder contar siempre con alguien como el profesor, paciente, que nos impulse a aprender, que no juzgue nuestros errores si no que nos haga aprender de ellos, que incite nuestra curiosidad y que nos haga disfrutar aprendiendo.

Yoko Ogawa puede transmitir todo eso en su libro porque también comparte ese amor por la belleza de los números como se deja ver por el hecho de haber publicado en 2005, a raíz del éxito de este libro, otro libro coescrito junto al matemático Masashiko Fujiwara titulado Una introducción a las matemáticas más elegantes del mundo.

El profesor, que no puede recordar y sin embargo deja en esas dos personas que lo acompañan un recuerdo imborrable.

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Escalpelo Literario y Cinéfilo